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lunes, 2 de julio de 2012

¡SOY INHUMANO!


En un tiempo pensaba que ser humano era el objetivo más alto que podía tener un hombre, pero ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento orgulloso al decir que soy inhumano, que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que nada tengo que ver con credos ni principios. Nada tengo que ver con la crujiente maquinaria de la Humanidad: ¡pertenezco a la Tierra! Digo esto con la cabeza reclinada en la almohada y siento los cuernos que me brotan en las sienes. Veo a mi alrededor a todos esos antepasados míos bailando en torno a la cama, consolándome, incitándome, flagelándome con sus lenguas viperinas, sonriéndome y mirándome de reojo con sus siniestras calaveras. ¡Soy inhumano! Lo digo con una sonrisa demente, alucinada, y seguiré diciéndolo aunque lluevan cocodrilos.

[…]

En la maravillosa paz que me inundaba, me pareció como si hubiera subido a la cima de una montaña alta; por un rato iba a poder mirar a mi alrededor, asimilar el significado del paisaje.


Los seres humanos constituyen una fauna y flora extraña. De lejos parecen insignificantes; de cerca, feos y maliciosos. Más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo.

jueves, 28 de junio de 2012

TIENES QUE SER VIDA PARA MÍ HASTA EL FINAL


«Tienes que ser vida para mí hasta el final», según escribe. «Ésa es la única forma como puedes sostener mi idea de ti. Porque, como puedes ver, has quedado ligado a mí con algo tan vital, que no creo que pueda nunca desembarazarme de ti. Ni tampoco lo deseo. Quiero que vivas cada día más vitalmente, puesto que yo estoy muerto. Por eso es por lo que, cuando hablo de ti con otros, me siento un poco avergonzado. Es difícil hablar de uno mismo tan íntimamente».

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¡Qué delicia debe de ser, para la sádica, encontrar a su propio masoquista! Morderse a sí misma, por decirlo así, para probar el filo de sus dientes. En aquella época, cuando la conocí, estaba saturada de Strindberg. Ese salvaje carnaval de gusanos en que se recreaba, ese eterno duelo de los sexos, esa ferocidad de araña que le había granjeado el aprecio de los obtusos patanes del norte, fue lo que nos unió. Nos juntamos en una danza de la muerte y tan rápido me vi absorbido en el torbellino, que, cuando volví a salir a la superficie, no pude reconocer el mundo. Cuando me vi libre, la música había cesado; el carnaval había concluido y a mí no me quedaba ni pizca de carne sobre los huesos…

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Hacía sólo unos días que se había aferrado a mí desesperada y después algo ocurrió, algo que ni siquiera está claro para mí ahora, y por su propia voluntad subió al tren y me volvió a mirar con esa sonrisa triste y enigmática que me desconcierta, que es injusta, forzada, de la que desconfío con toda mi alma. Y ahora soy yo, parado a la sombre del viaducto, quien tiende los brazos hacia ella, quien me agarro a ella desesperado, y en mis labios aparece esa misma sonrisa inexplicable, esa máscara que he colocado sobre mi pena. Puedo quedarme aquí parado y sonreír inexpresivo y, que sea mi anhelo, hay un océano entre nosotros; ella seguirá allí en la miseria y yo caminaré aquí de una calle a otra, con lágrimas ardientes quemándome el rostro.

[…]

Donde quiera que haya paredes, hay carteles con cangrejos brillantes malignos que anuncian la proximidad del cáncer. Vayas a donde vayas, toques lo que toques, hay cáncer y sífilis. Está escrito en el cielo; flamea y danza, como un mal augurio. Nos ha corroído el alma y no somos sino un cuerpo muerto como la Luna.

lunes, 25 de junio de 2012

LO ÚNICO QUE PIDO A LA VIDA


«Lo único que pido a la vida», dice, «son unos cuantos libros, unos cuantos sueños, unas cuantas jais». Mientras masculla esas palabras, meditabundo, me miró con la sonrisa más dulce e insidiosa. «¿Te gusta esta sonrisa?», dice, y añade hastiado: «¡Joder! ¡Si por lo menos pudiera encontrar una tía rica para sonreírle así!».

«Sólo una tía rica puede salvarme ahora», dice, con aspecto de fastidio absoluto. «Acaba uno cansándose de perseguir a jais nuevas sin cesar. Llega a ser algo maquinal. Lo malo es que no puedo enamorarme, ¿sabes? Soy demasiado egoísta. Las mujeres sólo me ayudan a soñar y nada más. Es un vicio, como la bebida o el opio. Tengo que tirarme a una nueva cada día; si no, me pongo enfermo. Pienso demasiado. A veces me sorprende lo rápido que lo consigo… y lo poco que significa. Lo hago automáticamente. A veces no estoy pensando en una mujer en lo más mínimo, pero de repente noto que una mujer me está mirando y entonces, ¡zas!, vuelta a empezar. Antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, ya la tengo aquí arriba, en la habitación. Ni siquiera recuerdo lo que les digo. Las subo aquí, les doy un azotito en el culo y, antes de saber de qué se trata, se ha acabado. Es como un sueño… ¿Entiendes lo que quiero decir?»

[…]

«Quiero que me saque de mí mismo. Pero para eso tiene que ser mejor que yo; tiene que tener inteligencia y no sólo un coño. Tiene que hacerme creer que la necesito, que no puedo vivir sin ella. Encuéntrame una chati así, anda».

[…]

En su eje bamboleante la rueda gira cuesta abajo sin cesar; no hay frenos ni rodamientos ni neumáticos. La rueda se desintegra, pero la revolución sigue intacta…

martes, 19 de junio de 2012

EL SUEÑO ES LA TÓNICA GENERAL


Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros por escribir, gracias a Dios. Entonces, ¿esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza… a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar. Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver…

[…]

Aún antes de que empiece la música, la gente tiene cara de aburrimiento. Una fina tortura autoimpuesta, el concierto. Por un momento, cuando el director da unos golpecitos con la batuta, se produce un tenso espasmo de concentración seguido casi al instante por un repentino aletargamiento general, como un reposo tranquilo y vegetal inducido por el constante e ininterrumpido chispear de la orquesta. Yo, cosa curiosa, tengo la mente alerta, como si tuviera mil espejos dentro del cráneo. ¡Tengo los nervios tensos, vibrantes! Las notas son como bolas de cristal bailando sobre un millón de surtidores de agua. Nunca había asistido a un concierto con el estómago tan vacío. Nada se me escapa, ni siquiera la caída del más pequeño alfiler. Es como si no llevara ropa, cada poro de mi cuerpo fuese una ventana, todas las ventanas estuvieran abiertas y la luz me inundase las entrañas. Siento arquearse la luz bajo la bóveda de mis costillas, y mis costillas cuelgan ahí, sobre una nave vacía que tiembla con reverberaciones. No tengo la menor idea de la duración; he perdido la noción de tiempo y espacio. Después de lo que parece una eternidad, sigue un intervalo de semiinconsciencia equilibrada por una calma tal, que siento un gran lago en mi interior, un lago de resplandor iridiscente, fresco como gelatina, y sobre ese lago, alzándose en grandes y raudas espirales, surgen bandadas de aves de paso con patas largas y delgadas y plumaje brillante. Bandada tras bandada, se elevan de la superficie fresca y tranquila del lago y, pasando bajo mis clavículas, se pierden en el blanco mar del espacio. Y luego despacio, muy despacio, como si una vieja con toca blanca recorriera mi cuerpo, se cierran las ventanas y mis órganos vuelven a ocupar su sitio. De repente, se encienden las luces y el hombre del palco blanco al que había tomado por un oficial turco resulta ser una mujer con una maceta de flores en la cabeza.

[…]

El sueño es la tónica general. Ya nadie escucha. Es imposible pensar y escuchar. Imposible soñar ni siquiera cuando la propia música es un mero sueño.